Adios Casa Del Papalote

Ojalá de niños nos enseñaran a luchar por nuestros ideales y no por calificaciones, así de adultos trabajaríamos por sueños y no por quincenas — Jorge Vergara

A mis dos queridos lectores, quienes probablemente se estarían preguntando si me canse de escribir, les comento que no. En algún otro post comenté que, además de este blog, empecé a escribir un relatorio en paralelo —no tanto un diario, sino más bien una crónica de Pilin, de sus actividades, desarrollo, de sus actitudes y razonamientos— de esos días que pasamos juntos. Ahí he ido guardando muchas cosas del actuar diario de Pilin, cosas que quizás aquí no tendría sentido detallar, pero que ella tal vez algún día podrá entretenerse al leer como era su comunicación, razonamiento, espontaneidad, inocencia, sus gustos y disgustos. Ahí es donde he dedicado últimamente mi tiempo y mayor enfoque. Y el propósito en este blog siempre ha sido dejar un legado para Pilin, de cómo veo el mundo que nos rodea, mis pensamientos, y al mismo tiempo compartir con ustedes esas reflexiones.

Ya entrando en materia, el pasado 16 de julio fue la ceremonia de graduación de preescolar de mi Pilin. Su escuela lleva por nombre Casa del Papalote, y considero que el nombre es muy adecuado para como viví las experiencias en esta escuela.

Es educación Montessori y la escuela es muy peculiar, pues para mi, asemeja a una “villita”, una comunidad, donde no hay salones, sino “ambientes”, hay animalitos en las áreas abiertas como tortugas, gatos, patos y conejos, que los niños y niñas respetan y alimentan. También aprenden mucho de plantas ornamentales, hábitat de orugas y mariposas como la asclepia y curativas como el Muicle.

Y así, corría el año 2021 y con 2 años de edad llegó una niña pequeñita, y ahora se despide una personita lista para empezar la primaria. Ya lee y escribe, muchito, tal vez no como de otros preescolares —porque aquí con la educación Montessori, el enfoque educativo es aprendizaje autodirigido y sensorial, diferente al que se ofrece en otros lados— pero lo más valioso que aprendió fue a convivir, a trabajar con motivación propia, sin tareas ni calificaciones, sino con una base sólida para crecer por sí misma.

En este lapso de tiempo, tuve el privilegio de recoger a Pilin una vez a la semana al salir de Papalote. Como ya les conté en blogs anteriores, después íbamos al parque que está a una cuadra, donde también iban algunos de sus compañeros, ahí corrían, brincaban, se subían a los resbaladeros, a los columpios, jugaban con palos (que a veces causaban pleitos), y simplemente eran niños. Ver a Pilin en ese ambiente y sus amigos, me hizo darme cuenta de algo más grande: cada niño es especial, cada niño es único, y cada uno es lo más valioso que existe en esta vida. Ser niño, es ser un individuo irrepetible, es algo que debemos admirar, apoyar y proteger, especialmente en estos años tan frágiles de la vida.

Voy a extrañar esas idas al parque y todo lo que aquí sucedía, así como también las pláticas en el camino a casa en especial cuando se posicionaba como mi copiloto y me iba dictando instrucciones y preguntas relacionadas con el tránsito para después llegar a casa y comer juntos.

Siempre yo llevaba una mochila y entre otras cosas ahí cargaba un recipiente con jícama y un frasco de Tajín…. La jícama se volvió tradición. Todo comenzó porque una abuela llevaba snacks para sus nietos, y claro, los demás niños se quedaban mirando. No había para todos, así que decidí llevar algo sencillo, que no quitara el hambre pero que sí pudiera compartirse: jícama. Con el tiempo, otras mamás que llevaban galletas o cosas de la tienda de Otli, también comenzaron a llevar fruta: sandía, y más jícama… Y así fue como terminé siendo conocido como “el abuelo de la jícama”. No sabían mi nombre, pero así me llamaban. Y menos mal que no llevé pepino… porque no me hubiera gustado que me identificaran con ese apodo.

Sacar el traste con la jícama no era tan fácil. Le tenía que preguntar a Pilin si ya podía sacarla. Ella decidía el momento: fuera cuando llegaban sus amigos, o cuando quería guardarse un poco para el camino, o simplemente si no tenía ganas de compartir todavía. Y claro, el Tajín también era todo un tema: algunos querían mucho, pero yo lo moderaba. Luego venían conmigo y me pedían: “¡más Tajín!”. En varias ocasiones, otros niños se me acercaban con la misma pregunta mágica:
¿A qué hora vas a sacar la jícama?

Voy a extrañar, la mochila que siempre llevaba, además de jícama y Tajín, era como un kit de primeros auxilios, con curitas (para cortadas y raspones), un termo con agua, árnica en pomada para golpes, toallitas húmedas (para limpiarse las manos antes de comer jícama), servilletas, un carrito de Hot Wheels (por si sus amigos llevaban y ella quería jugar), … y servía también para guardar cosas que colectaba de su escuela o del parque —conchas, piedras, palos, flores, you name it—. Hoy la vacié y con melancolía encontré, además, piedritas, palos, una concha de ostión, semillas… y todos los implementos que me acompañaron por tres años.

Voy a recordar siempre el Club de Abuelos, que organizaban una o dos veces al año y al que pude asistir en unas cuatro ocasiones. En cada encuentro, compartíamos vivencias con la directora y recibíamos una valiosa retroalimentación sobre nuestra forma de convivir con nuestras nietas y nietos. Fue una experiencia muy significativa, porque nos ayudaba a comprender si, desde nuestro rol de abuelos —siempre más consentidores y con límites más flexibles que los padres— estábamos realmente sumando en su formación.

La ceremonia de graduación no fue la típica entrega de diplomas con birretes; los niños iban vestidos de blanco y participaron en una danza sencilla pero profundamente simbólica. Bailaron en círculo alrededor de unas plantas y un incensario, creando un ambiente de conexión con la naturaleza y con ellos mismos. A los graduados se les colocó una cinta en la cabeza —mecatl—, símbolo de que encerraba los conocimientos adquiridos, sus valores y del inicio de una nueva etapa.

Pilin y yo preparamos con mucho cariño unas plantitas y una pequeña carta que ella entregó como regalo de despedida a sus amigos graduados, a su maestra y a la directora.

“La casa del Papalote”, como mencioné al inicio, me parece un nombre muy acertado para esta escuela… en esta casa, hay muchos papalotes. Para elevar un papalote hay que esperar el viento justo, contar a veces con manos que ayuden a impulsarlo y después correr, aprovechar la corriente y dejar que vuele alto. Así veo también a estos niños: listos para tomar vuelo, sostenidos con un hilo de amor, confianza y guía que los mantendrá firmes mientras alcanzan nuevas alturas.

Entre los muchos recuerdos de estos años, hay uno especialmente significativo. El año pasado, Pilin y yo recogimos en el parque unas semillas de ceiba que luego plantamos juntos. Varios arbolitos crecieron, y algunos los regalamos a los compañeros que se graduaron antes que Pilin. Otros los hemos sembrado en distintos lugares, pero uno de ellos volvió al mismo parque de donde vino la semilla. Hoy es un pequeño árbol de casi un metro que dejamos ahí como un gesto de gratitud, por todo lo que ese espacio nos regaló: juegos, sombra y tantos momentos y experiencias compartidas.

En mi memoria quedarán para siempre los gritos, las carreras y los juegos de Pilin con Mariano, Sebas, Mariane, Emilia, Berni, Daniel, Ivan, León, Mariano… y también las pláticas con sus mamás y papás y la abuela Laura, a quienes llegue a estimar como grandes amigos.

Hoy cierro este ciclo con gratitud y alegría nostalgia también , sabiendo que Pilin inicia una nueva etapa. Y yo, como esa ceiba, siento que soy parte de esas raíces  profundas en su infancia… feliz de haber estado ahí, acompañando su vuelo.

Adios, Casa del Papalote

Un comentario en “Adios Casa Del Papalote

  1. Avatar de sergio zolezzi sergio zolezzi

    Mi estimado y gran amigo Panchus, Ahora conocido como el Abuelo (JICAMO) como otras reflexiones ya leídas, esta, me a encantado sobremanera. y no me queda mas que felicitarte por tus escritos, en verdad Que gran actividad estas realizando compa, para memoria futura de tu nieta pili. Y gracias por compartirme tus vivencias. FELICIDADES

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